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Las numerosas plazas urbanas que salpican el barrio de Gràcia dan su particular fisonomía y sabor a esta antigua y activa villa, unida definitivamente a Barcelona en 1897.
En un principio este territorio era dependiente de Barcelona y estaba escasamente poblado.
Entre el siglo XVI y el XVII en las aisladas masías existentes se unió la instalación de tres conventos en la zona (entre ellos, el de los Josepets) y de una serie de torres promovidas por la burguesía.
Durante la primera mitad del siglo XIX, aquel pequeño núcleo agrícola se convirtió en el pueblo más importante de los del Plan de Barcelona, gracias a su progresiva industrialización aprovechando la disponibilidad de terrenos libres.
Gracia se constituyó en municipio independiente en 1850, momento en que la villa tenía más de 13.000 habitantes.
En 1877 su población llegaba a los 33.000 habitantes.
La conveniencia de la integración con Barcelona se planteó cada vez con más fuerza, en paralelo al progresivo desarrollo de la trama del Plan Cerdà, entonces en plena expansión.
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